El coronavirus viajó en tren en India

Las restricciones y el confinamiento del primer ministro Narendra Modi por el coronavirus provocaron un éxodo de trabajadores migrantes. El gobierno ofreció trenes especiales para llevarlos a casa. Pero los ferrocarriles propagarían el virus por todo el p…

Las restricciones y el confinamiento del primer ministro Narendra Modi por el coronavirus provocaron un éxodo de trabajadores migrantes. El gobierno ofreció trenes especiales para llevarlos a casa. Pero los ferrocarriles propagarían el virus por todo el país.

Por Jeffrey Gettleman, Suhasini Raj, Sameer Yasir y Karan Deep Singh

Photographs by Atul Loke

HIZ, India — Las multitudes entraron en marejadas por las puertas, se abrieron paso por las escaleras de la estación de 160 años de antigüedad, se desbordaron por los andenes e inundaron los trenes.

Era el 5 de mayo, alrededor de las 10 a.m. En Hız hacía un calor bestial, 41 grados. Miles de trabajadores migrantes estaban desesperados por irse: operadores de telares, pulidores de diamantes, mecánicos, camioneros, cocineros, limpiadores, la columna de la economía de Hız. Dos de ellos eran Rabindra y Prafulla Behera, hermanos y trabajadores textiles, que llegaron a Hız hace una década en busca de oportunidades y ahora huían de la enfermedad y la muerte.

Rabindra llevaba una bolsa llena de chapatis. Su hermano mayor, Prafulla, se puso detrás de él, arrastrando una maleta de plástico llena de lápices, juguetes, lápiz de labios para su esposa y 13 vestidos para sus hijas.

“¿De verdad crees que deberíamos hacer esto?”, preguntó Prafulla.

“¿Qué más vamos a hacer?”, dijo Rabindra. “No tenemos nada que comer y se nos acabó el dinero”.

Estaban entre las decenas de millones de trabajadores migrantes que quedaron varados sin trabajo ni comida después de que el primer ministro Narendra Modi impuso un confinamiento nacional por el coronavirus en marzo. Para la primavera y el verano, la situación era tan desesperada que el gobierno proporcionó trenes de emergencia para llevar a los trabajadores migrantes de vuelta a sus pueblos de origen. Los trenes se llamaron los Especiales Shramik, porque Shramik significa ‘trabajador’ en hindi.

Pero se convirtieron en los trenes del virus.

India ha reportado ahora más casos de coronavirus que cualquier otro país, aparte de Estados Unidos. Y lo que ha quedado claro es que los trenes especiales de emergencia operados por el gobierno para aliviar el sufrimiento —y para tratar de corregir la desastrosa falta de planificación del confinamiento— en cambio jugaron un papel importante en la propagación del coronavirus a casi todos los rincones del país.

Los trenes se convirtieron en zonas de contagio: se suponía que cada pasajero debía ser examinado para detectar la COVID-19 antes de embarcar, pero pocos, si es que alguno, fueron examinados. El distanciamiento social era inexistente, ya que los hombres se apretujaban en los vagones de pasajeros en viajes que podían durar días. Luego los trenes arrojaban a los pasajeros en pueblos distantes, regiones que antes tenían pocos o ningún caso de coronavirus.

Uno de esos lugares era Ganjam, un exuberante distrito rural en el golfo de Bengala, donde los hermanos Behera desembarcaron después de su atestado viaje desde Hız. Intacto por el virus, Ganjam pronto se convirtió en uno de los distritos rurales más infectados de India después de que los migrantes comenzaron a llegar.

El coronavirus viajó en tren en India

Agricultores en Ganjam, un distrito rural que no había sido afectado por el virus hasta que los trabajadores empezaron a volver. 

Chequeos en Ganjam el mes pasado. Eel lugar se convirtió en uno de los distritos rurales con más infecciones en India.

Mucha gente en las aldeas de Ganjam no tenía idea de lo que eran los síntomas del coronavirus, hasta que la gente a su alrededor comenzó a morir.

“Había una correlación muy directa entre los casos activos de covid y los trenes”, dijo Keerthi Vasan V., funcionario del distrito de Ganjam. “Era obvio que los retornados traían el virus”.

La trágica ironía del confinamiento ordenado Modi es que desató inadvertidamente un éxodo de decenas de millones de personas. Su gobierno y especialmente su grupo de trabajo para la COVID-19, dominado por hindúes de castas superiores, nunca contempló adecuadamente cómo el cierre de la economía y la cuarentena de una nación de 1300 millones de personas instauraría la desesperación, luego el pánico y después el caos para millones de trabajadores migrantes en el corazón de la industria india.

Un asesor económico de alto nivel de Modi, Sanjeev Sanyal, confirmó que el gobierno era consciente de los riesgos que planteaba el traslado de personas de los focos de contagio en las ciudades a las zonas rurales, pero dijo que la situación se había gestionado “bastante bien”.

Los funcionarios ferroviarios también insisten en que los trenes eran la forma más segura de llevar a los trabajadores migrantes a sus hogares.

“India ha hecho un trabajo extraordinario en la gestión de la propagación de enfermedades en comparación con algunos de los países materialmente más avanzados del mundo”, dijo D. J. Narain, portavoz del ministerio de los Ferrocarriles.

En total, el gobierno organizó 4621 Especiales Shramik, que trasladaron a más de seis millones de personas. A medida que salían de las ciudades de India, que se estaban convirtiendo en zonas críticas, muchos de los que regresaban arrastraban el virus con ellos, sin embargo, siguieron llegando. En Hız, un centro industrial, más de medio millón de trabajadores se marcharon en los trenes.

“Se sentía como el día del juicio final”, dijo Ram Singhasan, un cobrador de boletos . “Cuando veías cuánta gente se agolpaba fuera, parecía que se acercaba el fin del mundo”.

Un confinamiento desata un éxodo

El 24 de marzo, a las 8 p.m., Modi apretó el botón del cierre. Esa noche apareció en la televisión nacional y anunció que India cerraría sus escuelas, fábricas, oficinas, mercados, aeropuertos, carreteras y redes ferroviarias durante tres semanas. La disposición sería efectiva dentro de cuatro horas.

La decisión fue típica de Modi: repentina, dramática y firme, como cuando eliminó abruptamente casi el 90 por ciento de los billetes de la moneda de India en 2016, una medida que, según él, era necesaria para luchar contra la corrupción pero que resultó ser económicamente devastadora.

Prafulla y Rabindra Behera acababan de terminar una cena de arroz, lentejas y papas, su comida habitual. Vivían en habitaciones sucias en la zona industrial de Hız, durmiendo en el suelo con otra media docena de trabajadores que ocupaban el lugar de pared a pared. A los pocos minutos del discurso de Modi, empezaron a recibir llamadas.

“Todos pensaban lo mismo: esto terminará pronto y de alguna manera pasaremos los días”, dijo Rabindra.

La autopista del este en Mumbai el primer día de cierre en marzo. El estricto cierre de tres semanas se anunció con cuatro horas de antelación.
El edificio donde vivía Prafulla Behera en la zona industrial de Hız.

En ese momento, había menos de 600 casos de virus conocidos en India.

Muchos expertos han criticado al gobierno de Modi por pasar por alto la difícil situación de los trabajadores migrantes, que de repente se encontraron sin trabajo, ni ingresos, ni red de apoyo en las ciudades. El grupo de trabajo que Modi formó para dirigir la respuesta del país a la COVID-19 no contaba con especialistas en migración y apenas era representativo de la composición de India. De sus 21 miembros, solo dos eran mujeres y el resto eran, en su mayoría, hombres de castas superiores. Muchos de los trabajadores migrantes procedían de castas inferiores y de entornos económicamente desfavorecidos.

Harsh Vardhan, el ministro de Salud del país, respondió diciendo que “ni en nuestra imaginación más salvaje consideramos la casta” y que los miembros del grupo de trabajo habían sido elegidos por su “competencia, capacidades y habilidades intelectuales”.

La medida impuesta por Modi cerró todas las operaciones del transporte público. Inmediatamente, algunos migrantes comenzaron a caminar, desesperados por regresar a sus aldeas de origen a cientos de kilómetros de distancia, donde vivir era más barato y podían obtener apoyo familiar. Después de que Modi declaró un segundo confinamiento a mediados de abril, la corriente de migrantes se convirtió en un desastre humanitario.

Decenas de millones de personas salieron a raudales de las ciudades, y los medios de comunicación de India estuvieron dominados por escenas horribles de migrantes y sus familias que morían a lo largo de las carreteras, a causa de la sed, el calor, el hambre y el agotamiento.

En Nueva Delhi, los funcionarios ferroviarios llegaron a la conclusión de que no había manera de detener a los migrantes, dijo Arun Kumar, jefe de la policía ferroviaria.

“Sabíamos que un día u otro tendríamos que llevarlos”, dijo.

Los ferrocarriles de India transportban a más de 8000 millones de pasajeros al año antes de la pandemia, atravesando una red de 67.999 kilómetros de vías, suficientes para dar la vuelta al mundo casi dos veces. Es una de las redes ferroviarias más activas del mundo, el sistema circulatorio de un país. La presión sobre Modi para que la utilizara era cada vez mayor.

Naveen Patnaik, el ministro jefe del estado de Odisha, que incluye a Ganjam, dijo que habló con Modi sobre la difícil situación de los migrantes.

“Sabía que en esta situación crónica ellos querrían volver a casa”, dijo Patnaik. Los trenes, dijo, eran la respuesta, pero insistió en que lo clave sería que los trabajadores volvieran “gradualmente”.

En Hız, los hermanos Behera estaban en su última bolsa de arroz. No podían trabajar: todas las fábricas estaban cerradas. Pero no se les permitía dejar la ciudad, donde los casos de virus empezaban a aumentar.

“Estábamos atrapados”, dijo Rabindra.

El 1 de mayo, el Día del Trabajo en India, el ministerio de Ferrocarriles hizo un gran anuncio: Especiales Shramik. Se trazaron rutas desde Hız, Mumbai, Chennai, Nueva Delhi, Ahmedabad y muchas otras ciudades importantes hacia las zonas rurales.

Trabajadores migrantes y sus familias en un tren abarrotado en mayo. Los servicios especiales iban desde las principales ciudades hasta el interior del campo.
“Estábamos atrapados”, dijo Rabindra Behera.

Pero Prafulla Behera, de 39 años, era reacio a subir a un tren. No había trabajo en Ganjam, por eso se había ido.

Prafulla era respetado en casa, conocido por ser fuerte y cariñoso. Nunca se quejó de tener cuatro hijas, aunque casi todo el mundo en el pueblo quiere hijos. Su hermano menor, Rabindra, de 32 años, solía hacer lo que Prafulla le pedía.

Pero esta vez, Rabindra se negó.

“Si vamos a morir”, dijo Rabindra, “deberíamos morir en casa”.

Un distrito rural explota

Los hermanos Behera viajaron durante 27 horas y más de 1600 kilómetros a través del ancho de India, en un tren de segunda clase, sin aire acondicionado y totalmente abarrotado. El calor parecía afectar a Prafulla. Durante el viaje, se quejó de tener fiebre.

Bajaron en Ganjam el 6 de mayo, alrededor de la 1 p.m., exhaustos y deshidratados, con la primera oleada de migrantes que regresaron.

Lejos de cualquier ciudad importante, Ganjam es un distrito socialmente conservador y subdesarrollado, con interminables campos de arroz, carreteras onduladas como de cuento, y playas vacías y azotadas por el viento y una larga tradición de personas que se apoyan unas a otras. Inicialmente, la noticia de que los seres queridos volvían a casa fue recibida con entusiasmo.

“No había miedo”, dijo Santosh Kumar Padhy, un presidente de cuadra. “La gente de los pueblos planeaba ceremonias de bienvenida”.

Pescadores arrastraban una red una mañana reciente en Ganjam.
Ganjam es un distrito socialmente conservador y subdesarrollado con un fuerte sentido de comunidad.

Los funcionarios de Ganjam se apresuraron a convertir cientos de escuelas en centros de cuarentena, reclutaron una fuerza de trabajo de 10.000 personas y adaptaron su estación de tren de carga para manejar los Especiales Shramik, que eran más largos que los típicos trenes de pasajeros.

A los Behera se les dijo que estarían en cuarentena durante 21 días en un centro y a cada uno se le dio un cepillo de dientes, un pedazo de jabón, un cubo para lavarse y una sábana fina para dormir.

Pero a la mañana siguiente, Prafulla se despertó con un terrible dolor de cabeza. Un médico no creía que tuviera coronavirus, pero sugirió, como precaución, que lo trasladaran al patio, lejos de los otros hombres.

A la mañana siguiente, Prafulla apenas podía respirar y llamó a su esposa con su celular.

“Ven y trae a las niñas”, susurró. “Necesito verlas”.

Una hora más tarde, estaba muerto. Una prueba posterior reveló que Prafulla Behera fue la primera muerte por coronavirus de Ganjam.

En todo el distrito, la gente comenzó a enfermarse. El primer hospital dedicado a la COVID-19, con menos de 60 camas de cuidados intensivos, se llenó rápidamente; los nuevos pacientes tuvieron que ser acostados en el suelo.

Se hacían todavía relativamente pocas pruebas, pero cuando las autoridades se centraron en los sospechosos de ser portadores, encontraron altos índices de positividad. Después de la muerte de Prafulla, Rabindra y otros seis hombres que habían viajado con él fueron examinados. Seis de los siete dieron positivo.

En el pueblo de Prafulla Behera, su viuda, Rita, y cuatro hijas no tenían a nadie que las mantenga. 
La salida de un templo en Odisha. Según las creencias populares, cruzar esta puerta ayuda a dejar atrás los malos pensamientos.

Pero los Especiales Shramik seguían viniendo: cuatro, cinco, seis, a veces 16 al día, cada uno llevando hasta a 2000 migrantes, muchos de ellos de Hız.

En toda India, los dirigentes estatales se veían presionados por los votantes que les instaban a rescatar a los miembros de sus familias que estaban varados en ciudades cerradas. Sin embargo, algunos dirigentes reconocieron que los trenes podían significar problemas.

“Llevará a un pico en los casos de COVID-19”, predijo Mamata Banerjee, la ministra jefe del estado de Bengala Occidental, a finales de mayo. “¿Quién va a asumir la responsabilidad entonces?”.

Un grupo de investigadores de una de las universidades más prestigiosas de India, el Instituto Indio de Tecnología Mumbai, presentó un documento científico en mayo, que se publicó unos meses después, en el que se predecía que los casos de virus en Bihar, un estado rural, se dispararían en un 800 por ciento cuando los migrantes regresaran.

En Nueva Delhi, los funcionarios de salud advirtieron que no se debía atestar los trenes. No había manera de examinar a la mayoría de los pasajeros. A principios de mayo, India realizaba unas 70.000 pruebas al día, mucho menos que el número de migrantes que se alineaban en las plataformas de los trenes algunas mañanas.

Se suponía que los pasajeros debían someterse a controles de temperatura con termómetros láser. Se suponía que los asientos del medio dentro de los compartimentos del tren se dejaban vacíos para el distanciamiento social.

Pero en Ganjam, los trenes llegaban “más del 100 por ciento” llenos, dijo Vijay Amruta Kulange, el recaudador de Ganjam, el principal funcionario del distrito.

La estación de tren de carga en Ganjam donde llegaron los hermanos Behera y miles de trabajadores más. Los Especiales Shramik eran más largos que los trenes de pasajeros regulares.
A los trabajadores migrantes que regresan se les evaluaba en Hız el mes pasado.

Ganjam, que tiene una población de alrededor de 3,5 millones de habitantes, absorbía hasta 20.000 migrantes al día y no tenía suficientes escuelas para albergar a todos. En un centro superpoblado, los migrantes se amotinaron, rompieron bombillas y atascaron los baños con botellas de plástico, en un intento de ser liberados. Para abrir más espacio, las autoridades redujeron el período de cuarentena de 21 días a siete.

En el primer hospital del distrito para la COVID-19, el médico Umashankar Mishra dijo que, en un punto, el suministro de oxígeno para 200 pacientes estaba a 15 minutos de agotarse. Mishra llamó a los proveedores en pánico, solo para enterarse de que el camión que transportaba las botellas de oxígeno estaba atascado en un cruce de ferrocarril.

“Nunca me sentí tan mal en mi vida”, recordó Mishra.

Cuando el camión finalmente llegó, Mishra abrazó un cilindro de oxígeno y se fue con él tambaleándose hasta la unidad de cuidados intensivos.

Si el camión hubiera llegado más tarde, dijo, “habría sido una masacre”.

Una respuesta desesperada

Los trabajadores de los centros de cuarentena estuvieron entre los primeros en infectarse. Un grupo entero de cocineras del pueblo de Konkarada sufrió dolores en el cuerpo.

“Pensamos que era por trabajar tan duro”, dijo Bonita Pradhan, una de ellas.

Dio positivo, al igual que nueve de cada diez de los otros cocineros. Una encuesta más amplia en Konkarada fue aún más alarmante: 80 de cada 100 personas dieron positivo para el coronavirus.

“Pensamos que era por trabajar tan duro”, dijo Bonita Pradhan, al centro, de los dolores que ella y sus colegas sintieron. 
Para liberar espacio en los centros de aislamiento, las autoridades redujeron el período de cuarentena de 21 días a siete y luego lo aumentaron a 14.

En toda India se desarrolló la misma crisis: las comunidades pobres, con pocos hospitales o médicos, experimentaron fuertes aumentos de las infecciones semanas después de la llegada de los Especiales Shramik.

“Para que el virus llegara a las aldeas se necesitaba un portador, uno rápido”, dijo Thekkekara Jacob John, un virólogo sénior del estado meridional de Tamil Nadu. “Luego llegaron los migrantes, y en particular los que viajaban en tren. Causaron estragos, dondequiera que fueron, sin querer”.

En dos distritos rurales del estado sureño de Andhra Pradesh, las infecciones aumentaron vertiginosamente y ahora superan los 40.000 casos, más del doble del promedio per cápita de India. Se informó de aumentos similares en estados como Nagaland, Bihar, Assam y, especialmente, en Chhattisgarh.

“El ochenta por ciento de las muertes e infecciones se han producido en las zonas rurales tras la llegada de los migrantes”, dijo Tribhuwaneshwar Saran Singh Deo, un ministro del gobierno del estado de Chhattisgarh. “El primer error que cometieron los responsables de la política central fue no controlar a los migrantes en la estación de donde partían. El segundo fue abrir todas las compuertas al mismo tiempo”.

En Bihar, los funcionarios de salud del estado dijeron que los Especiales Shramik fueron responsables del 70 por ciento de la primera ola de infecciones.

“Los centros de cuarentena se convirtieron en centros de coronavirus”, dijo Raj Kishore Chaudhary, un funcionario de salud de Bihar. “Si los pacientes asintomáticos salían del centro sin ser detectados, los casos se disparaban en las zonas donde vivían”.

Las secuelas

A finales de junio, decenas de aldeas de Ganjam habían sido aisladas. Se ordenó a la gente que se quedara dentro. Los agentes de la policía patrullaban las vías silenciosas.

Los taxis fueron convertidos en ambulancias. Los voluntarios cosían mascarillas, cocinaban comida y respondían a las llamadas de ayuda. En los centros de cuarentena, los maestros de escuela daban clases de yoga. Todo el distrito se movilizó y se esforzó.

“Imagina que la gente viene a las 2 o 3 de la madrugada, los recibes, los registras, les das sus kits, arreglas dónde se van a quedar. Haciendo todo esto, uno se cansa”, admitió Naba Kishore Jena, funcionario del gobierno de Ganjam. “Así que cuando la multitud creció tanto, se hicieron concesiones. Y debido a temel concesiones, las infecciones ocurrieron y se propagaron”.

Los trenes finalmente dejaron de llegar a Ganjam el 30 de junio. Para entonces, los funcionarios habían aumentado el período de cuarentena a 14 días y abrieron otros hospitales dedicados a la covid, pero el brote ya estaba fuera de control.

A finales de junio, Simanchal Satapathy, un popular maestro que se convirtió en defensor de los derechos de los migrantes en el centro de cuarentena que supervisaba, fue admitido en un hospital pero fue mal diagnosticado tres veces: primero con malaria, luego con neumonía y luego con tuberculosis.

No fue hasta una semana después de que Satapathy, de 26 años, contrajo una fiebre alta que se le hizo la prueba del coronavirus. Dio positivo y pronto murió.

“Solía acunarlo cuando era un bebé”, dijo su tío, Pradeep Kumar Satapathy, rompiendo a llorar. “No teníamos ni idea de que tenía covid”.

Pradeep Kumar Satapathy, a la derecha, tío de Simanchal Satapathy
La escuela donde enseñaba Satapathy 

El número de casos de Ganjam llegó a su punto máximo en agosto y, en general, el distrito ha informado de 22.000 casos y 320 muertes, aproximadamente la media nacional, según Mishra, el médico que dirigió el hospital para COVID-19 del distrito.

Kulange, el más alto funcionario del distrito, dijo que Ganjam habría registrado “casos de un solo dígito” si los migrantes no hubieran regresado.

“Era clarísimo”, dijo.

La mayoría de los casos en Ganjam presentaban síntomas leves y no requerían hospitalización. Pero, del mismo modo que en la cifra para todo el país es un misterio, nadie está seguro del verdadero número de víctimas en el distrito. India ha reportado muchas menos muertes per cápita que muchos países occidentales, pero los expertos advierten que el 80 por ciento de todas las muertes no están certificadas médicamente.

Patnaik, el ministro jefe de Odisha, dijo que el gobierno de Modi debería haber organizado los trenes “de una manera más humana” y antes de que las infecciones se hicieran tan rampantes en las ciudades

Pero también estuvo de acuerdo en que una vez que la migración comenzó, era imposible detenerla.

“Siendo este un país libre, no creo que hubiera ninguna manera de controlarlo”, dijo.

Los funcionarios ferroviarios dijeron que habían trabajado muy duro para transportar con seguridad a 6,3 millones de personas “en las circunstancias más difíciles”.

Cuando se le pidió que respondiera a los datos que mostraban que el virus se había extendido rápidamente en muchos distritos después de la llegada de los trenes, Narain, el portavoz del ministerio de Ferrocarriles, dijo que todavía se desconocía mucho sobre la COVID-19 y que “las correlaciones de todo tipo no son necesariamente causales”.

Los políticos de la oposición presionaron para que se realizara una investigación parlamentaria sobre el manejo de la pandemia por parte del gobierno, pero los miembros del partido Bharatiya Janata de Modi los bloquearon. En octubre, la Corte Suprema de India desestimó una demanda que pedía una investigación independiente.

En Ganjam, las cicatrices aún están frescas.

La casa donde Satapathy, el maestro, vivía con sus padres está ahora abandonada. Después de que le dijeron que su hijo había muerto, el padre de Satapathy fue al mercado, pagó sus deudas y volvió a casa con una soga. Se colgó de un árbol.

La madre de Satapathy también se suicidó. La encontraron colgada de un ventilador de techo.

Rabindra Behera al final volvió a Hız, en tren. Su hermano había tenido razón: no había trabajo en Ganjam. La viuda de Prafulla Behera y sus cuatro hijas no tienen a nadie que las mantenga.

La maleta de plástico que Prafulla trajo a casa, llena de regalos, fue destruida en el centro de cuarentena. Sus hijas nunca recibieron sus 13 vestidos.

Jeffrey Gettleman y Suhasini Rajreportaron desde Hız y Ganjam, Sameer Yasir desde Hız y Karan Deep Singh desde New Delhi. Hari Kumar y Emily Schmall colaboraron con reportería desde Nueva Delhi.


Source: The New York Times

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